MEDINACELI: ¿IGUALDAD DE DERECHOS?.

 J.  Antonio Garañeda

 

 

    Ayer, los ureños volvieron a celebrar su noche mágica. No una noche más, en medio de las trescientas sesenta y cinco del año, sino “La Noche”, esa en la que todas las conciencias se unen en la rememoración de un mito. Un mito secular, casi ancestral, perdido en la noche de los tiempos, en el que los hombres tomaban medida de sí mismos enfrentándose a los peligros de la naturaleza.

     Con la plaza mayor abarrotada de gentes de todos los lugares, el Uro embarrado se paseó orgulloso por el improvisado ruedo de Medinaceli. Y, en medio del entusiasmo y admiración de sus habitantes –dignos valedores y defensores de una tradición que, al igual que en innumerables pueblos y ciudades de nuestra geografía, sirvió y sirve para documentar y dar pie a la existencia de nuestra amada tauromaquia, de nuestra Fiesta Nacional, reconocida en el mundo entero–, se paseó altanero por la arena del albero, iluminando la noche y los corazones de la mayoría de los asistentes.

     Sólo “la mugre” hizo todo lo posible por oscurecer la celebración de tan secular tradición. Su indigna presencia intentó, una vez más sin conseguirlo, nublar las mentes de cuantos de buena fe se habían concentrado en el lugar para “darle culto” con su reconocimiento. Sin embargo, el buen juicio prevaleció entre los lugareños y forasteros, haciendo que “la mugre” se patentizase más aún de lo que ya había venido haciéndolo en ocasiones anteriores.

     Su propósito, sólo uno: hacer que desaparezca esa CULTURA popular a la que ellos se empecinan en denominar barbarie; continuar medrando y alimentándose de esas subvenciones económicas que reciben gracias al apoyo de grandes multinacionales extranjeras, al tiempo que disfrutan del beneplácito de los diferentes grupos políticos que dicen representar la soberanía popular en nuestro país. Sí; porque, cómo sino puede entenderse que, en medio de un sistema democrático de derecho, un conglomerado de mugre tan insignificante posea tanto poder, tanta fuerza frente a aquellos que, se supone, ostentan la representación de la mayoría. Únicamente cabe una explicación lógica: goza de su apoyo, directo e indirecto, disfruta de su beneplácito y, además, percibe dinero del sistema.

     Prueba irrefutable de ello es lo fácil que les ha resultado instalarse en los escaños parlamentarios y deambular con inusitada prepotencia por los pasillos de la Cámara, despreciando el clamor silencioso de esos miles y miles de españoles que no comulgan con sus planteamientos pero que, por miedo, ignorancia o una malentendida prudencia, no se atreven a plantarle cara. Afortunadamente, no podemos decir que toda la culpa sea de esa mayoría silenciosa, que parece callar y otorgar. No. Existe un componente fundamental en el modo de hacer de la administración que coadyuva a que el ciudadano de a pie se mantenga, no al margen, sino juiciosamente “al margen” de la situación: la plausible evidencia de que las fuerzas de seguridad, casualmente, no hacen acto de presencia en los lugares en cuestión para evitar que se produzcan alteraciones del orden público, sino simplemente para que “la mugre” no sea puesta en su sitio por los pacíficos habitantes de los lugares a los que acude. Al menos esa es la sensación generalizada que subyace entre ellos.

      Sí. Porque, frente a los derechos de esos pobres pueblerinos –y lo digo con todo cariño y respeto– que intentan defender sus tradiciones, es fácil percibir el hecho de que se defiende a “la mugre”; y son los suyos y no precisamente los de los lugareños los que deben prevalecer. Y es que, repito, los lugareños de todos los pueblos y ciudades a donde acude “la mugre”, así lo entienden. Es por ello por lo que no se atreven a tomar parte activa ante la evidente discriminación que sufren permanentemente por parte de los diferentes gobiernos, de los medios de comunicación, y de todos aquellos que, en su enfermiza condición de falsos ciudadanos libres, intentan subvertir el orden social establecido y la forma de vida de una civilización que no tiene porqué sentirse avergonzada ante el mundo por ser como es.

     Los ureños, por consiguiente, al igual que tantos otros compatriotas de tantos otros pueblos y ciudades de España, viven inmersos en una dramática e interminable pesadilla. Una pesadilla a la que ellos solos, sin ayuda de nadie, podrían poner fin. Pero para ello necesitan hallarse en igualdad de condiciones que “la mugre”. Y esas condiciones, hoy por hoy, tristemente, ni existen, ni parece que haya intención alguna de que así sea. ¡Viva el TORO JÚBILO!

 

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)