TORO JUBILO DE MEDINACELI. LA LLAMA DE LA LIBERTAD Y LA IDENTIDAD.

 J. Ramón Muelas García

 

 

     Ya se acerca el Toro Jubilo, uno de los toros ceremoniales que en Castilla tenemos por rasgo de identidad capital al contener la solemne ceremonia un conjunto de rituales que manifiestan el dominio del hombre sobre la naturaleza representada en el toro-paradigma, y que a tenor de su complejidad, potencia y antigüedad, es fuente esencial para conocer nuestra historia, la que no se enseña en las escuelas pero nos configuró y nos sigue configurando como si fuera cierta la hipótesis del “sentir colectivo” e incluso del “gen transmisor de identidad”.

     El Toro Jubilo, como el Inmemorial Torneo tordesillano, los Espantes saucanos o cualquiera de los toros ceremoniales, reúne en su aspecto formal, pero sobre todo en su aspecto ideológico, una selección de los modos de ser ante el toro y de relacionarnos con el toro que hemos tenido a lo largo de nuestra historia; es decir, nuestra tauromaquia tradicional ha depositado en estos toros formas antiguas que hoy sobreviven o pretenden sobrevivir y que podemos utilizar antropológica y etnológicamente para conocernos con buena fiabilidad.

      Como la propia villa, la tauromaquia popular medinense ha estado marcada desde remotos tiempos por las interferencias ideológico-políticas y a su vez ha sido principal herramienta para manifestar la voluntad ideológica-política de los medinenses. Desde los tiempos heroicos en que se forjó Castilla, Medinaceli ha sido nuestra base avanzada hacia el Naciente; siempre en el filo de la navaja se perdió y ganó hasta estabilizar la situación posiblemente en los años de Alfonso VI.
Villa concejil, dispuso de fuero que incluso fue exportado para dotar a otras villas de texto jurídico a complementar con las fazañas de sus alcaldes y que como cualquiera de nuestras villas extremeras se gobernaba mediante su concejo abierto conectando con el escalón superior –el rey- mediante el palatium. Entre la corona y el concejo, al menos sobre el papel, no había intermediarios; eso era el realengo. La villa es buena muestra del conjunto.

     El sistema duró hasta 1368 JUL 29 cuando Enrique II, en lucha con su hermanastro Pedro I pagó a Bernal de Bearne, uno de sus jefes militares, donándole la villa de Medinaceli con todos sus términos:

“por vos fazer bien y merced por muchos y buenos y leales y muy grandes seruicios que nos feziestes y fazedes …, damos vos donación pura y non rebocable, por manera de condado, la nuestra villa de Medinaceli con todos sus términos poblados y por poblar, que la ayades por mayoradgo ... con todas sus aldeas y con todos sus vasallos dellas, … y con todos sus términos poblados y por poblar, … et con martiniega y portadgo y pasajes y recuajes y con todas las otras cosas que le pertenescen y pertenescer deven en qualquier manera et con monedas y seruicios y tercias y con fonsado y fonsadera et con todos los otros pechos y derechos y devisas y fueros y derechos foreros y non foreros, que auemos y auer devemos, .... Et damos vos poder que podades poner y pongades en la dicha villa y en sus aldeas y en sus términos alcaldes y merinos y escriuanos y otros oficiales qualesquier que vos quisierdes ..”

     Además le dio título nobiliario de conde de Medina Celi y le casó con doña Ysauel de la Cerda. Con ello se despojaba al concejo de Medinaceli de todas sus capacidades de mando, pasando a ser vasallo en sentido estricto. Nótese que las funciones capitales de una comunidad tales como la propiedad del suelo, el cobro de tributos de todo tipo, la potestad de ejercer justicia etc … hasta entonces en manos concejiles pasaron a ser potestad del conde. El grueso del concepto libertad había desaparecido y ya no serían alcaldes y jueces quienes gobernaran,  sino el nuevo palatium del conde y eso incluyendo a la comunidad de villa y tierra al completo, un extenso territorio entre Guadalajara y Soria. Era el golpe a la tradición conocido como señorialización.

     La señorialización fue muy mal recibida en todas las villas donde se impuso o se pretendió imponer, comenzando desde entonces una soterrada pelea más por el fuero que por el huevo, aunque en la sociedad castellana tardo medieval, renacentista y barroca el fuero importaba bastante más que el huevo.
Tal vez la forma más clara de manifestar la oposición a ese poder impuesto, incluso de pregonar a los cuatro vientos la repugnancia que causaba, era ejercer el papel ceremonial, dentro del cual la función taurina tenía importancia capital. En Castilla era obligado festejar la entrada del nuevo rey con función de toros; por eso en 1502 OCT 16 el joven duque de Medinaceli corrió toros para festejar la Entrada de Dª Juana y Felipe el Hermoso. Pero no nos engañemos con el sentido del término “fiesta” en castellano; no se trataba de ninguna diversión, sino de una ceremonia para reconocer la auctoritas; es decir, que además del derecho legal a gobernar (potestas), se manifestaba públicamente la alegría del pueblo porque ese rey gobernara. La potestas es posible sujetarla con la espada, la auctoritas no. Era el concejo quien corriendo esos toros manifestaba su existencia al modo antiguo.

     El reconocimiento y en general la fiesta o celebración de asuntos tocantes a Dios o al rey, seguía un patrón estricto: Reunión general de los habitantes / celebración religiosa /fuegos / función de toros de muerte. Se corrían toros al uso de cada villa para demostrar el agrado con que se recibía a la nueva autoridad y ese agrado sólo quedaba demostrado si efectivamente se corrían toros, no cabía otra expresión formal en tierras de Castilla; así pues, disponer función de toros de muerte para obsequiar a la autoridad implicaba ser señor, mandar, demostrar que si se cedía ese mando a alguien era porque la cesión agradaba al común de los habitantes pero que el mando era de la villa como demuestra el que sólo ella acordaba si obsequiaba (o no) con toros. Era la neutralización de la señorialización.

     Ese reconocimiento utilizando el ceremonial taurino se hacía extensible a la majestad humana y a la divina, de ahí que una inauguración de templo, o una exitosa rogativa exigían en su programa función taurina y no  otras actividades; esa mezcla de obsequio para agradecer y la autoestima que implica, ya que sólo regala el que posee, será parte de la batalla contra la señorialización, batalla que ahora está más viva que nunca a tenor de lo sucedido en Tordesillas, donde la potestas ha necesitado dos compañías de la Guardia Civil para imponer su capricho y donde ningún cargo político de ningún partido se ha atrevido a ir para no ver humillada su potestas.

     En resumen se manifiesta la oposición a la señorialización mediante el control del elemento ceremonial propio del señorío; por eso el Patronato habla del “Toro Vega de la Represión” mientras el ayuntamiento de la villa, incapaz de encabezar la oposición, habla del “toro”, así, a apelo y cuando más, del “toro de la peña”. Al rey se le recibe con toros, a las deidades se las festeja y reconoce con toros, manda quien da los toros y no hay otra fórmula en Castilla, sólo la tauromaquia tiene suficiente empaque y tradición histórica; por supuesto que me refiero a la tauromaquia popular; la de las luces, monteras y maestros no tiene absolutamente nada que ver con ésta, incluso es lo opuesto. Lo demostraré con un ejemplo.

     Refiere el profesor J. Antonio Martín de Marco una provisión 1.510 JUL 24 del II Duque D. Juan de la Cerda:

“Yo D. Juan de la Cerda, Duque de Medinaceli .....por quanto por la merced quel duque mi señor .. hizo a esta mi villa de Medina de la esençion de alcabala demás de la procesión que por esto se hace los vecinos pecheros della les a plazido y son contentos de dar un toro cada un año para que se corra que la dicha procesión se hiziere con tal condiçión que ninguna persona pueda matar el dicho toro salbo ellos quando quisieren y por su voluntad y que se pueda aprovechar del e que no le corran otro ningun dia sino el que la dicha procesión se hiziere contra su voluntad e por parte de los dichos pecheros me fue suplicado que mandase guardar estas dichas condiciones e que ellos abian por bien de dar el dicho toro ... Mando .. que ninguna ni alguna persona sea osado de matar el dicho toro so pena que le pague. E que ANSI mesmo, acabado el correr ge lo deseen a los dichos pecheros bivo y sin lision alguna cepto de garrochas para que ellos hagan del a su voluntad .. Que no sean apremiados a que lo corran otro ningun dia salvo el de la procesión ..”

     En 1.461 el conde D. Luis eximió de pagar alcabalas a Cogolludo en el mercado de los miércoles y parecida gracia otorgaría a Medinaceli; en pocas palabras, concesión de mercado franco, libre o reducido de tributación, el mejor motor para concentrar la actividad comercial en un punto y acción tan beneficiosa para quien tributa como perniciosa para quien cobra esos tributos; como fuera, el Común dispuso procesión de acción de gracias con la que se reconocía a la majestad divina su favor, pero ¿cómo reconocer a la majestad terrenal?. Sólo había un modo: Toros. ¿Toros?. Toros pero condicionados de tal modo que quedara muy claro quién mandaba, que la señorialización no había cuajado. De este modo se reconocía cierta auctoritas a la casa ducal celebrando la ceremonia taurina tras la religiosa y cumpliendo con ambas majestades, pero con unas condiciones que manifestaban a las claras que no se obedecía, sino que se obsequiaba. En resumen, al Común “.. les a plazido y son contentos ..” de pagar el toro que se correrá tras la procesión pero (grave “pero”) es condición :

• Que sólo podrán matarle los vecinos pecheros “.. quando quisieren y por su voluntad ..”. El resto; es decir, hidalgos, gente de religión y propios de la Casa Ducal, podrán correrle y garrochearle, pero no matarle; ese punto, el dar muerte, lo ceremonial, el punto crítico, es sólo a voluntad de sus propietarios: el común.

• Que sólo ellos aprovecharán su carne.

• Que se correrá precisamente tras la procesión y no otro día.

     Nótese que el hecho de dar muerte al toro y comerle en común; es decir hacer lo mismo que se hizo cuando el hombre dejó de ser carroñero y se convirtió en cazador, era el fundamento de la ceremonia y el concejo exigía que ese fundamento fuera potestad suya, no del duque; La señorialización no podía llegar a los fundamentos.

      El hecho de comerle es una manifestación de propiedad, de poder, nada tiene que ver con fantásticas adquisiciones de virilidad, ni de fuerzas mágicas ni fantasías parejas: Es el concejo poderoso altomedieval que comparte su bien más valioso: La libertad, la capacidad de ejecutar lo que es su voluntad. Esa suerte de autoestima ya se observa en el antiguo fuero medinense, cuando pena con la muerte a quien no respetara al protegido del concejo, : “…Et qui ome matare, sobre fiadura, ó sobre saludamiento de conceylo …, pierda el cuerpo et quanto oviere ..” uso que a su vez procede del uso indígena para con respeto al portador de la tesera de hospitalidad. Comer juntos es dar sustancia y realidad física al concepto concejo.

 La condición sería aprobada por el duque Juan en 1.553 MAY 04.

“.. que la dicha procesión se hiciere con tal condición que ninguna persona pueda matar el dicho toro salvo ellos (los pecheros) cuando quisieren y por su voluntad .. que no sean apremiados a que lo corran otro ningún dia salvo el de la dicha procesión ..”

 En el verano de 1.573 los vecinos se negaron a tener otra fiesta -tras la procesión- que no fuera el toro, advirtiendo que si no había toro, no habría procesión :

“visto por el duque .. dice que (ni) su intención ni del marques .. su hijo fue compeler a cosa que no estuviese obligada .. que se les diga que no habiéndose de correr el dicho toro, que por la honra de la fiesta de aquel día y alegría y regocijo del pueblo, recibirá servicio y contentamiento de que hagan la fiesta que con el dicho marqués mi señor estaba platicada pues la costa de ella no es para poner en necesidad a la villa ni tampoco se crece de la que antes se hacía con el toro y barreras ..”.

 Recuérdese que aquel verano fue la ofensiva para terminar con la cacicada de San Pío V, La rebelión de Lorca, la petición general de las cortes etc … En pocas palabras se luchaba por la libertad castellana de ceremoniar conforme a la costumbre y no al capricho del señor.

     Por el momento disponemos de muy poca información sobre la tauromaquia medinense en el siglo siguiente, el taurino por excelencia siglo XVII, aunque una escritura aparecida últimamente permite sugerir que la ideología medieval y renacentista respecto a la tauromaquia como herramienta de la libertad sirguió perfectamente vigente. En el verano de 1.688 la cofradía medinense de Ntra. Sra. del Rosario compró en Tordesillas cuatro toros al lcdo. Manuel de Temulos Carlón, comisario del Santo Oficio; aparecido en el mercado a la sombra de los grandes ganaderos tordesillanos D. Pedro Juan Gaitán Reguilón y D. Juan Lozano de Yurreamendi, que juntos poseían sobre 1.400 vacas, la bravura de sus animales le permitió al lcdo. Temulos, aun siendo nuevo, vender a las grandes cofradías vallisoletanas y palentinas; fue uno de los que aquel verano dio parte de los 14 Toro Vegas con que se festejó la colocación de Ntra. Sra. de la Peña. El precio, cabestraje y conducción incluida, fue de 600 R./toro.

     Comprar tan lejos “toros de Castilla” sólo estaba al alcance de los regimientos pudientes: San Sebastián, Vitoria, Pamplona … ¿Tan pujante era la cofradía del Rosario?. ¿Por qué no comprarles en las tierras del Tajo, más cercanas y baratas?. ¿Qué movía a tirarse el farol de pagar el encierro por anticipado?. Posiblemente el orgullo fundacional que seguía vivo exigía comprar lo mejor para la función concejil, aunque teniendo en cuenta la tensión existente desde 1.683 entre Francisco, el VIII duque, y el antitaurino primado cardenal Portocarrero, especialmente a partir de la negativa del duque a suprimir los toros del programa de fiestas cortesano despreciando la petición del cardenal, pudiera ser que el duque favoreciera la operación de compra en Tordesillas.

     Parece que las viejas y fundamentales ideas, la autoestima, la convicción de que la libertad no se cede y eso se manifiesta dando o quitando toros, siguió vigente a lo largo de los años, aunque a partir de mediado el siglo XVIII la cosa se complicaría sobremanera y las reiteradas prohibiciones y persecuciones para gobernar casa ajena obligaran a la clandestinidad.

Procede terminar con otro artículo del antiquísimo fuero de la villa, precisamente el que ordena qué hacer con quien ".. casa aleña forzare ..·

"Oui casa aleña forzare echenli la suas en tierra; el si no oviere casas el forzador peche el duplo, que valiau las casas al rencuroso; et si non oviere de que pechar, préndalo al rencuroso, et metat lo en su prisión, et si ata tres nuf día, et non pechare el pecho, non coma , nin beba ala que muera".

 

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)