UN TORO A LA VEGA EL MIÉRCOLES DE LA PEÑA: UN TORO VEGA.

 J. Ramón Muelas.

foto: Jose Carpita

 

     El Miércoles de la Peña a las 11 de la mañana se soltó al sobrero del Toro Vega desde la plaza de la Providencia rumbo a la Vega. La cosa parecerá sin importancia; y sin embargo, era la primera vez desde mediado el siglo XVIII, cuando nuestra tradición y nuestra tauromaquia comenzó a ser atacada por el gabacho, que un toro hecho y derecho, solo y rampante, bajaba hacia los tan queridos como temidos arenales.

     La causa de la función era según unos rabieta municipal con la que se pretendía decir a la Junta que nos quitaba un toro pero corríamos dos; otros pensaban que era sacar leche del botijo de la escasa torada de la Peña aprovechando los animales hasta el límite; otros, que la novedad era cortina de humo para tapar la frustración generalizada etc … cada cabeza era una sentencia. La suelta del toro a la Vega no había atraído en exceso la atención de los aficionados, observándose notables claros en las talanqueras y muralla y especialmente en la Vega, donde cosa de 50 caballos y una pobre mano de peones aguardábamos a Calentito (así me pareció entender se llamaba), nacido en NOV 2.011, que era un rojo algo avinagrado en su mitad anterior; largo y paticorto; bien encornado en veleto sin excesos, aleonado por delante y escaso de culata; con fama de codicioso, buscador y de fácil movimiento; un bicho, pese a haber perdido bastantes kilos estos días.

     Una vez suelto comenzó a actuar parsimoniosamente avanzando sin prisa ninguna mientras dibujaba lo que iba viendo. Daba algunos pasos, giraba 360º vigilando el entorno, amagaba responder al cite de los vaqueros que tiraban de él y no hacía excesivo caso a los atalancados, pese a cumplirles con alguna visita.
Aparentaba ser un cauteloso petardo, pero nadie se fiaba; incluso se esperaba y prevenía un potencial arreón capaz de sorprender al peonaje, que veterano y atento, daba en Vaquera y puente las distancias pedidas para absorber la salida del toro y evitar la sorpresa.

     De este modo, a punta de chaqueta, con paciencia, fue conducido hasta la cuestecilla del Cristo, no mostrando la vivacidad que se le suponía debido al tipo de suelo y a la ya larga experiencia acumulada. Cuando varió el firme al entrar en la Zona de Transición manifestó un cambio importante, comenzó a encampanarse levantando la cara; “tomando viento” al decir de los antiguos. Sin precipitarse, sin prisa ninguna, repitiendo la pauta de movimiento, anduvo el comienzo de la Cañada de Foncastín hasta llegar al camino de la Josa Alta, donde se sumergió entre las colas de la caballería para iniciar cabalgada cañada adelante.

     Algunos peones de los más ligeros iniciaron la carrera tras la cabalgada; otros, tratamos de cortar por la Colonia-El Parador suponiendo que la cabalgada iría hacia el Polígono, y justo cuando llegué a las alambradas de la Colonia vi que el toro venía completamente solo; no le acompañaba ningún caballo, ningún jinete. ¿Cómo era posible?. ¿Dónde estaban?.
El toro avanzó directo hacia la carretera de Salamanca hasta topar con la alambrada de la Colonia paralela a esta carretera, que le cerraba el paso; allí se detuvo unos instantes buscando salida. La última luz de verano se filtraba entre las copas de los grandes pinos, luz mañanera que cuando iluminaba al toro le hacía reverberar y dibujaba con toda nitidez la polvareda brotando de la piel del animal; pero sólo cuando le iluminaba, situación que el toro procuraba evitar buscando las sombras capaces de ocultarle.

     El “!Eh toro!” rebotó entre las copas de los grandes pinos, llamada bastante para que encampanado, guiándose por el olfato o por el órgano vomeronasal comenzara a cercarse con su acostumbrada parsimonia. Nada hay tan bello como el toro en lo profundo del pinar viniendo al tran-tran; nada tan apacible, tan íntimo y tan delicado de manejar. Tres minutos le había tenido para mí solo; pasado ese tiempo, un par de chicos y otro par de veteranos de La Seca nos apoyábamos en las alambradas del majuelo de la Josa.

- ¿Qué ha pasado?. ¿Cómo ha perdido a la gente?.

- Venía por la Cañada; ha descubierto la alambrada de la Colonia un poco levantada; ha metido los cuernos por debajo, la ha levantado y se ha colado como un conejo dejándonos a todos sin saber qué hacer.

Con esa maniobra el toro había penetrado en el recinto de la Colonia.

     Trapecio isósceles de bases 300 y 200 metros y de altura 230 m., cercado con alambrada de 2,4 metros coronada por alambre de espino, cruzada perpendicularmente por un cortafuego de 30 metros de anchura y una paralela de las que llamamos “ gigantes”, suelo de arena entamujada, configura una plaza de toros muy particular sin barreras ni burladeros, ni siquiera pinos accesibles: Son demasiado gruesos para gatearlos la gente normal.
Tal disposición con un toro ligero, enterado, buscador y guardador, asentado y espabilado, tenía su música. ¿Cómo manejarle desarmados en esa topología?.
Dos grupos de peones, el primero operando desde la paralela gigante y el otro desde las alambradas del majuelo de la Josa, incidieron sobre los flancos y retaguardia del toro dejando una distancia de seguridad de al menos 20 metros, pues si era menor se venía solo y ya había avisado de su intenciones.

- Si coge alguno va pal camposanto de cabeza…. ¡A ver quién se le quita!. ¡Si hubiera alguna lanza de a caballo!.

     El veterano peón que había visto muchos torovegas resumía la situación, aunque de momento ni lanzas, ni jinetes, que tardaron algo más que el toro en entrar al delicado coso.
Los jinetes eran pocos pero muy buenos; sabían tantos latines como el toro y tenían más corazón que el toro, aunque faltaba ver si el de abajo; es decir, el caballo, tenía los mismos atributos que el de arriba.
El toro aplicó los principios tácticos corrientes en estos casos: apoyarse contra los gruesos troncos, buscar grupos de pinos cerrados, ocultarse tras los regüeldos de carrasca para sorprender, moverse con giro cada pocos metros, llevar un itinerario anárquico y en fin, todo lo que le permitiera proteger su zona muerta de visión trasera, le favoreciera el arreón y dificultara la respuesta al peón o al jinete; hasta la alambrada integró en su dispositivo, pegándose a ella y moviéndose sin abandonarla.

     Conforme la caballería iba penetrando e intentaba alguna circulación, el toro respondía furibundo para no ceder la iniciativa. Vi entre los pinos a un jinete cortar de cerca en brillante lance; el toro respondió con terrible arreón siguiendo al jinete, aunque al poco se detendría notando que el caballo volaba. Pero el caballo había perdido los papeles, no obedecía a su buen jinete y terminó estrellándose contra la alambrada proyectando al jinete sobre los alambres de espino que la coronaban, donde quedó enganchado. Fue sólo uno de los recios lances a cara de perro en medio del silencio.

     Movilidad, cambio de posiciones, avanzar y retroceder, tratar de imponerse por el movimiento, llevar las distancias al mínimo posible ... eso es el Toro Vega, eso era aquél tropel flexible donde podías ver a la flor de los veteranos y de los nuevos, a la caballería de guerra, a los que operaban sabiendo que “no hay quien te le quite”.
Poco a poco se fue imponiendo la acción de la mesnada y el toro comenzó a ceder buscando parajes donde tuviera mayores ventajas, como un corro del pinar sin olivar cuyas ramas secas, cortantes cual cuchillos y a un par de metros del suelo, impedía correr a la caballería; pero eran más accesibles a los peones, por lo que corrió a cargo de éstos el seguir incidiendo hasta que se consiguió expulsar al toro de la plaza alambrada.

     Poco se ganó, porque se fue a meter al más espeso arenal. ¡Velay si sabía!. Otra vez intervino la caballería en lances geniales capturados por la cámara de Jose Carpita. ¡Cómo cerraban!. ¡Cómo volaban!. A toro entero, casi en puntas, en su terreno, sin llevar puesta ni siquiera una banderilla .. Lo bello y lo heroico de la mano, a campo raso: El Toro Vega.

     Serían las 12h. 10 minutos cuando una bomba declaró finalizado el Toro a la Vega. Y aquello fue un grito:

- Ahora!. Lanza! Lanza!. Vamos a por él!.

     Todos sabíamos que no había lanzas excepto dos individuos que salieron disparados de las talanqueras del Pinarillo de la Josa cámara en ristre. ¿Qué a qué?. ¿Qué quienes eran?. El torneante no necesita respuestas porque las sabe: Era el enemigo y basta.

     Al poco apareció la magnífica parada de cabestros, Taru y sus vaqueros, las motos de la guardia civil y Calentito, hecha la labor, se fue con ellos.

     Entre los grupos de torneantes que subían el puente todo eran lenguas de la recia, profunda y gratificante función sin masificar que habíamos vivido esa mañana del Miércoles de la Peña. Función a instituir, incluso a reforzar soltando otro el Jueves de la Peña.

     Me despedí del par de torneantes sin saber ni ellos como me llamaba ni yo como se llamaban ellos, y el verdejo en los soportales de la Plaza Mayor sabía a victoria cuando brindamos por el Toro Vega, la libertad y las tradiciones de Castilla.

FOTOS

 

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)