texto y foto : J. Ramón Muelas García
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El aficionado que pase por Nimes, irá -o le llevarán- a visitar la Casa Cuadrada; magnífico templo romano hecho un mozo pese a sus 20 siglos de edad. No sé qué le cautivará más; si la armonía de la obra o el inmenso cartelón que avisa al cliente de lo que allí se cuece en el día. La parte superior del cartel está ocupada por un torero dando verónica; debajo –y bien gorda- la palabra HÉROS (héroes) y más abajo dos gladiadores combatiéndose. El mensaje parece clarísimo : toreros y gladiadores, un mismo género. También visitará –ahora motu proprio- el anfiteatro de Nimes y el de Arles, hoy plazas de toros. Qué digo!: No plazas. Soberbias plazas; entre las excelentes de la cristiandad. Allí se torea un ganado adecuado ante una afición competente, en un marco milenario. Si no lleva guía, mejor, pues lo que pierda en información, ganará en tranquilidad. Tomará asiento y como si fuera cazador de susurros, hará la espera por si hubiera suerte y lograra entender la lengua de las piedras. Hercúleo trabajo; sentado en las blancas gradas notas, casi físicamente, que te quieren contar su vida; pero cuando afinas para resonar con ellas, no las entiendes; entonces maldices tu carencia de capacidades. Si lleva guía a la moda del tiempo, que prepare el cuerpo. Le endosarán una teórica de sangre, sexo, violencia, lujo, lucha de clases etc ... similar a la fórmula que con tan notable éxito utilizan las televisiones y entonces, callarán las piedras, porque no gustan de hablar con cabestros. ¿Quién, si no un cabestro, puede pensar que la gente –antigua o moderna- es o era capaz de matarse en público sólo por un puñado de oro?. Otros motivos causarían esos combates; profundos, sutiles y lejanos – o no- como la lengua de las piedras. Indagar esos motivos primigenios parece empresa ardua de acometer sentado en las francesas gradas de una plaza de toros- anfiteatro, si bien un simple vistazo a la tradición romana arroje algo de luz sobre la arena solitaria. Cuando hace 2300 años moría un romano, pasaba a engrosar la preocupante lista de los manes o espíritus. Si moría en casa y era hombre de buen natural, se le llamaba lar; si de oscuro carácter, lemur y si ya topaba en peligro público, recibía el terrible nombre de larvae. Fuera cual fuese su categoría, puesto que no era fácil discernirla, el piadoso romano se curaba en salud cuidando tenerlos satisfechos mediante la celebración de los rituales convenientes; generalmente, ofrendas de flores, alimentos, animales etc ... aunque eran muy conscientes que tales menudencias aplacaban, pero no saciaban a los manes. Lo mismo cabía decir de las deidades mayores. A grandes y pequeños, cuando verdaderamente se les necesitaba honrar o tenerlos propicios, había que ofrecerles la esencia del hombre. El piadoso romano de la monarquía o de la república o del primer imperio, honraba a sus mayores celebrando a pie de sepulcro el banquete fúnebre y los combates de parejas a los que se añadió la venatio o combate contra fieras, pero sin perder el sentido religioso del acto. Esa era la honra más estimada por los manes. Marco y Décimo Bruto, Scaurus, César etc ... tal hicieron, siguiendo la ancestral costumbre del mundo antiguo: la devotio o pacto sagrado por el cual, muerto el caudillo, con él debían morir voluntariamente sus hombres del círculo para que éste siguiera en otras coordenadas. El discurrir del tiempo convirtió la ceremonia en espectáculo; los devotos pasaron a ser prisioneros de guerra o simples profesionales, pero la diferencia entre ceremonia cultual y juego permaneció clara : Se llamaría munus al combate funerario y ludus al combate espectáculo, conviviendo –juntos y revueltos- durante los últimos y caóticos siglos de una nación que rodaba entre bárbaros al cambiar el arado por el perrito. El cristianismo cambiaría en apariencia las cosas; se acabaron los combates, pero no el concepto cimental : A los dioses satisface la esencia del hombre. La entrega completa a una idea, durante la cual importa más la responsabilidad común autoasumida que la vida. Entonces el toro relevó al oponente y se procedió a honrar al panteón corriendo toros en su honor; otra vez el combate donde se ofertaba la esencia del hombre. La apuesta de su vida sobre el filo de la espada en aras de los manes, cambió a suceder sobre la punta del pitón en aras de San Roque. El anfiteatro se convirtió en plaza atalancada y el piadoso castellano relevó al piadoso romano en el tratar de tú a los dioses. Además, so color de la ofrenda, hubo lugar para dar salida a otras necesidades superiores, tan importantes o más que la demanda numénica; como la manifestación pública del valor, la de mejorar la autoestima -implícita a participar en el acto- y otras aún más oscuras como la necesidad vital de reafirmarse en el gran magnicidio cometido muchos siglos atrás : el destronamiento del animal. Al igual que sucedió con munus y ludi, la ceremonia de correr al toro, (mucho más compleja que la praxis extrema de la devotio), se bifurcó en toros corridos y corrida de toros; ceremonia y espectáculo; compatibles, pero distintos. Devotos y profesionales, guerreros y gladiadores, cortadores y toreros –juntos pero no revueltos- parecen isómeros de una actitud cimental en la configuración del hombre, mantenida desde la revolución neolítica y que muestra el predominio de una u otra cara –ludus o munus: elija- en función de la reciedumbre del momento. ¿Toreros y gladiadores en el cartel de la maison Carrée?. Bueno, pero dicen las piedras que sería necesario otro cartel para clarificar las cosas completándolas. En la parte superior llevaría un lancero tordesillano; en el centro, la palabra RAÍZ y debajo, al general P. Decio Mus. El general Decio, vestido de toga, montado a caballo, se inmoló arrojándose a una sima para que a cambio de su vida, los dioses dieran la victoria al ejército romano; lo mismo harían años después su hijo y su nieto. Así quedaría claro la diferencia entre formalidades iguales en apariencia y diferentes en sustancia. Lector, cuando vayas a Nimes o a Arles, siéntate en aquellas gradas y afina la guitarra por si resuena y aprehendes el hálito de los Decio. De paso, pon un correo al ayuntamiento pidiendo que hagan encierros, hay por allí tanta afición que no sería imposible lograrlo. Mientras surge la ocasión, nos vemos en Medinaceli; la milenaria ceremonia de invierno, que también por aquella plaza correrán los ilustres Decios junto a los no menos ilustres castellanos. |