EL PATRONATO EN CUÉLLAR. DOMINGO 31 DE AGOSTO

foto: Jose Carpita

LA CABALLERÍA EN CUÉLLAR

Los toros de la ganadería sevillana de Astolfi, encaste Núñez, estaban destinados para componer el primer encierro de la villa. Dentro del encaste, dicen ser de los ejemplares más resistentes, al rematarse en una finca de fuertes pendientes y pedregosa, con lo que -al menos sobre el papel- debían andar bien. Negros, terciaditos, bajos de cruz, armados de aparato dispar y en algún caso discutible, eran razonable encierro para la plaza.

Del personal y parada, mandados por Caminero y Mayoral, poco hay que decir; lo que no encierre esta pareja no lo encierra ni San Lucas.

Las mujeres bailaban “a por ellos” en rueda y numerosa afición ocupaba el itinerario.

Todo coadyuvaba a tener tranquilo encierro .. si bueyes y toros estaban hermanados y nadie aparecía a entorpecer.

 Salieron  a las 8 despistados de corrales, tras remolonear un rato; luego, breve trote, y agrupación aparente del encierro. Sólo aparente; los toros iban cavilando maldades sin plegarse a los bueyes. No se andaba al paso, con sosiego, sino de sobresalto en sobresalto y de amago en amago que la excelente caballería conjuraba como podía.

Consiguieron acercarse al Embudo con el grueso del encierro y asumible retraso.

Umbrales del embudo, a los toros se les acababa la cuerda. No podían. Comparados con los poderosos e instruidos bueyes, eran simples inválidos que desde el momento del arreón, fueron quedando descolgados trazando un rosario en la carrera.

Más o menos obraban parecido: carrerita haciendo hilo, parada, refresco, carada a talanquera y vuelta a empezar. No obstante, tenían bravura; bravura para la torería, pero no la fiereza que pide la calle para causar respeto, de hecho, los atalancados se tomaron licencias  infrecuentes ante cuatreños y desplantaban con descaro poco recomendable en atención a la estructura del atalancado.

Con tanto bicho suelto, idas y vueltas, no podrán quejarse los corredores; les sobraron ocasiones, además, muy bien aprovechadas ya que andaba por allí la crema de la especialidad.

A cortadores y toreros de fortuna –proscritos en esta villa- les tocó tirar de hebra para reconducir el ganado hacia la plaza. Laboriosa y delicada tarea, pues estabilizándose las acciones, se pierde el cuidado y basta que salga el toro precisamente ahí, para tener accidente. Conforme pasaba el tiempo, más pesaban los kilos a los bichos, reducían el ataque a tirar hachazos descompuestos, se plantaban y amagaban sin decidirse.

Soltaron los bueyes desde la plaza a ver si pescaban algo; pero haciéndolo sin previo aviso, siendo los mozos temperamentales -por no decir rompedores- causaron algún accidente.

Serían las diez pasadas cuando finalizó el encierro que resultó entretenido aunque algo lento; ni mucho menos debe calificarse tan negativamente como algunos lo hacían, pues pese a los estancamientos, se sucedieron las ocasiones de lancear.

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)