El viernes 1 de agosto comenzaron “Los Novillos”
de La Seca.
La novedad de este año es el hallazgo
de documentación que permite demostrar la existencia de toros
corridos en la villa hace 350 años; claro que una cosa es lo escrito
en papel y otra, la realidad histórica.
Aunque los accidentes sufridos por la
documentación eclesiástica y municipal no permitieran retroceder más
en el tiempo, poco arriesgaríamos afirmando que La Seca corrió toros
desde el s. XVI, cuando fue consolidando su núcleo de población.
Sus buenos prados fueron durante el barroco
estación de invernia donde pastaban los toros bravos de los Enríquez
medinenses y los Reguilones tordesillanos; desde allí emprendían la
marcha trashumante hasta las dehesas zamoranas. ¿Cómo no iba a haber
cesto con tales mimbres?.
El hecho de ser una villa moderna; es decir,
conformada a partir del 1.500, ha impedido cuajar alguna advocación
religiosa en cuya honra correr los toros, ya que San Isidro –voluble
santo- y la Virgen de la Paz, festejada en Enero, resultaban poco
aparentes por celebrarse en tiempo impropio.
La pragmática afición lasecana ha resuelto su
carencia de antecedentes medievales titulando su fiesta como “los
novillos” y así, cuando clarea agosto, allí se reúnen los toreros de
la comarca atraídos por la plaza atalancada, la calidad del género
que sueltan y el ambiente festivo de la villa.
Huelga decir que aparcar fue un problema, aunque
eso ya se va asumiendo como normal : donde se corran toros o vas una
hora antes, o aparcas en el cementerio.
También huelga decir que el lleno era completo
cuando la reina, su dama y galanes inspeccionaron la carrera
llevando a retaguardia la charanga “Aires del Pisuerga”, incansables
músicos.
Las nueve. Tres cohetes. Exquisita puntualidad.
Tres bueyes salieron a su aire desde la plaza buscando calle arriba
a los toros sosegadamente; tan quietos como la tarde.
Respiraba el trío bucólica paz, cual si hubieran
escapado de alguna égloga pastoril escrita por el cursi de
Jovellanos. Caso insólito, contagiaron a corredores y atalancados,
brillando por su ausencia la tensión previa a la suelta y así,
atontados, bebíamos el néctar amarillo del crepúsculo, cuando un “que
vienen!” nos puso en el sitio.
Vaya si venían! Cayeron por el centro de la calle
como una ráfaga bien disparada : Primero, soberbio y lucido
jabonero; luego, un barroso de bello trapío y cerrando la procesión
–más hurgador de talanqueras- un rojo galgueño.
Veinte segundos, veinte, para hacer la carrera.
Correrlos era imposible; ni aún haciendo saca
entre los atletas Pekín habríamos hallado carrerista capaz de
toserlos el abrigo : volaban.
Ya en la plaza, el jabonero marchó a la posada.
El barroso y el rojo no, deambularon el cuadrilátero arrancando a
quien se tomara con ellos liberalidades y dando trabajo a los
voluntariosos vaqueros. Las vueltas que dieron hasta encerrar!.
Como lance curioso, el tenido por dos aficionados
encaramados a la basa de la farola que alumbra el centro de la
plaza. Desde esa muralla –un tanto justa- tantearon al rojo con
piernas, mano y vara. Buscaba el bicho modo de tomarles el castillo
o al menos arrancar a alguno del almenar; pero aquellos astutos
aficionados se remediaron y compusieron con tal astucia que hicieron
primero dudar al toro; luego, le aburrieron hasta que fracasado,
levantó el asedio y marchó a sus menesteres.
Sábado 2 de agosto se corrió el Toro del Alba,
función de interés porque no hay la masificación del día anterior y
la abundancia de espacios permite torerías.
Es toro para cortadores y muy especialmente para
toreros de fortuna, pero tradicionalmente ha dado también gustos y
disgustos a los atalancados. Tal vez sean los huecos entre tablas y
la luz inclinada de las 8 de la mañana quienes potencian las ansias
del toro, su resolución visual, precisión, agilidad y método; lo que
sea, obliga a estar prevenidos.
No faltó a la costumbre. Salió haciendo hilo;
eligió paraje ... y adentro!. Ya estaba el toro dentro de la
empalizada, bajo los tablados; claro que los muy hábiles atalancados
poco tardaron en cederle corteses el terreno, saliendo a la arena
ordenadamente excepto uno que cayó, aunque el asunto no pasó a
mayores . Más compromiso se dio cuando el toro hizo amago de subir
escaleras adelante con idea de darse una vuelta por los tendidos.
Menos mal que se lo pensó dos veces, deshizo lo andado y dejando
plaza, tomó calle.
Allí le esperaban los toreros de fortuna armados
con sus útiles y frescos como la mañana para dar una sucesión de
quiebros al trapo entreverados con cortes a pecho y alguna carrera,
porque el toro tenía cuerda; incluso para derrotar en talanqueras y
además, aprendía, complicándose la lidia cada vez más..
Se guardó a eso de las nueve, finalizando así un
movido Toro del Alba que dio materia de conversación para las
parvas.