El domingo 20 se corrió al mediodía un encierro
de vacas en Villafranca de Duero.
Sencillo, amable y familiar, pese a la numerosa
concurrencia que llegó hasta la villa; si aún no fue mayor, se debió
a que también tuvieron función varios pueblos de Zamora, Valladolid
y Salamanca.
El ganado estuvo bien seleccionado, pues se
trataba de facilitar la participación de cualquier aficionado sin
distinción de sexo ni edad, aunque tampoco eran monas.
Subieron y bajaron las calles con buen son;
incluso al principio tuvieron que emplearse los corredores porque el
encierro subía muy alegre.
Tras las carreras, templado el género,
aparecieron cortadores y toreros de fortuna.
A señalar entre los últimos varias señoras,
alguna armada con improvisados útiles de torear pero práctica en
todos los tiempos de la faena; desde el cite soberbio hasta la
recogida en tronera de talanquera, obró con tanta seguridad que
parecía alumna de la Escuela de Rioseco.
Se guardó el ganado sin novedades a la hora del
vermú; únicamente, un zaino grandecito, tuvo que ser llevado con
paciencia por los corredores hasta toriles.