Ya sabe el aficionado que el Maderal es una
pequeña villa zamorana de 300 vecinos reforzados en estas fechas por
los que andan fuera y por los forasteros que vamos a sus toros.
También sabe que la villa hace notable esfuerzo
para traer curioso ganado en la Magdalena y atalancar su movidísimo
recinto urbano y que precisamente, es la naturaleza abrupta del
solar donde asienta la villa quien permite correr los toros en un
marco casi de montaña.
Afición, ganado digno y terreno variado; tres
principios que mezclados con la libertad conveniente para lancear,
confieren a esta función personalidad, así que poco a poco, cada año
tiene más parroquianos.
Había mucho qué observar la mañana clara del 19 de julio. Por
ejemplo, práctica sobre toma y abandono de querencias : el toro se
zambulle bajo árbol de grueso tronco y cerrada hojarasca. Ni se le
ve. Desde allí vigila esperando sin hacer caso a los cites; parece
que nunca va a salir y de pronto, se echa encima de la cámara de
Jose Carpita, quien –cuerpo a tierra- esperaba la ocasión. Da una
mano a talanqueras de mucho ruido y pocas nueces, pues los
atalancados, veteranos, las sujetan sin inmutarse. No habiendo
negocio, cambia de paraje a paso galguero.
El nuevo marco es abrupto; cuesta, bodega,
pasillo estrecho, alambradas, postes y tapia por la que asoman los
pámpanos exuberantes de una parra. Obstáculos que bien aprovechados
permiten lancear con ese sabor tan particular de lo excepcional.
Una pareja se encarama a exigua acacia mientras
otra prefiere el poste de la luz; al tiempo, la trinchera natural
que da entrada a una bodega, sirve como barrera de sol. Comienzan
los cites de toreros populares; desde el mozo brazos en alto hasta
la señora que tira de chaqueta; incluso de muleta, alguna veterana
más aventajada.
También sirve la cachaba o ¿por qué no?, la
ramita microscópica –varita mágica- con que cita convencido un
aficionado de Pollos.
En éstas, el cortador de Brihuega cuartea,
contacta y le cruza la espalda el torbellino de polvo. Circula el
toro encarándose ahora con los del poste. Levanta la cara, mide,
husmea; pero no llega por centímetros.
Cansado de impotencias, busca parajes de verano
marchando hacia las trillas, donde la paja recién segada parece
naranja al sol del mediodía. Va haciendo hilo por si cae algo,
seguido a retaguardia por pequeña corte de corredores; pero lo tiene
difícil : está casi podido.
Divisa veteranísimo atalancado a horcajadas sobre
la cumbre de talanquera; le hubiera bastado empujar y ... Pero el
veterano atalancado tira de cachaba como advirtiéndole de que ni se
le ocurra. No se le ocurre.
Otro rellano. Otro cortador que aguarda impávido
la entrada del toro y le corta en un palmo.
Por fin, la última talanquera; casi despoblada,
recorta contra el cielo dos o tres figuras. El toro ve luz. Se
acerca. Esta es la suya. Pero en vez de salir corriendo, los
elementos le llaman aislados tan seguros de sí, que el toro
comprende, se rinde y decide volver a chiqueros.
Se fueron a tomar el vermú como si no hubiera
pasado nada, mientras los de Brihuega marcaban en su mapa taurino :
El Maderal.
Seguirán mañana.