Si Isabel la
Católica levantara la cabeza y viera los toros que el 12 de julio se
encerraron a caballo cuestas arriba y cuestas abajo por las riberas
de Arévalo!
Dicen que muy
presionada por su confesor fray Hernando de Talavera, propuso
enfundar los cuernos de los toros para que no causaran daños. Pero
los toros eran de Compasquillo, la dehesa que junto a Foncastín, el
Zapardiel, Izcala, etc .. han criado fieras desde la Edad Media. Y
estos no se enfundan fácilmente. Tampoco la recia afición arevalense
estuvo nunca por la labor de convertir en diversión lo que es
ritual.
Y así siguen.
Aunque el encierro de Arévalo no se comente demasiado en el mundillo
taurino, es uno de los más serios que hay en Castilla.
Los toros no son
eralitos rumberos, ni utreros desechos de tienta, ni armatostes
descabalados suplicando la jubilación cansados de ver corrales. Los
toros de Arévalo son toros que saldrán más o menos bravos, más o
menos durables, pero tienen trapío, razonable edad y unos pitones
como los que vio Isabel la Católica a los toros del Compasquillo,
pitones de los que espeluznan : “... De los toros, .... propuse
con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida..”
Todavía la debía
durar el susto llevado en el puente de Tordesillas, cuando preñada ,
se encontró con un Toro Vega bajando el puente; aunque, como no
podía ser de otra manera, el lancero D. Hernando de Vega bajó su
arma para enfrentarse al toro y la sacó del apuro.
La mañana del 12 de
Julio salieron a la fresca del río toros de Isabel la Católica.
Soltados
individualmente, eran recogidos por la caballería con los cuidados
que pedía el caso. Llevados a la meseta, entraban en acción los
cortadores, hacia los que salió alguno de los animales rabo en alto,
ojos salidos y seco bufido. Era el corte de verdad, a campo raso,
sin apoyos, quien fallara ....
Si quedaba suelto y
se iba a talanqueras, comenzaba la acción con griterío y cite
general de atalancados, aunque según se acercaba el bicho iban
despoblándose porque estas talanqueras no son para mirar seguro,
sino para lancear desde ellas con un cierto riesgo : pueden salir
volando si se enfada el negro.
Y así debe ser en
el campo.
El aficionado
sensible se solazó con el cabalgar de la caballería; bella y grave
estampa. Debió poner la musa a recaudo cuando el toro bajaba lanzado
haciendo hilo, difuminado en la polvareda y seguido por el peonaje,
prometiendo derrotar por momentos.
El aficionado
brioso corrió lo que le vino en gana y lanceó a su sabor pero a
costa de jugarse el bigote y en fin, el jinete pudo mostrar su
decisión y la de la montura ante enemigo de rigor.
Serios y
enjundiosos estos encierros de Arévalo; capaces de satisfacer al más
fino paladar taurino tanto por el marco, cono por el ganado, como
por la actitud y organización.