Texto y fotos: Jesús López Garañeda
EL PATRONATO EN SIETEGLESIAS DE TRABANCOS (II)
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Llegó un año más el final de junio y con él las fiestas patronales dedicadas a San Pelayo ofrecidas por el pueblo de Sieteiglesias a la vera del río Trabancos en otro tiempo cangrejero, y hoy día convertido en secarla, pero que da nombre y ánimo a las buenas gentes que viven en esta localidad vallisoletana. La Corporación municipal, presidida por el joven alcalde Leandro García Sandonís, ha preparado un programa festivo de honra a su querido patrón y de diversión a todos y cada uno de sus habitantes estén o no viviendo en el pueblo durante el año o tengan lazos de unión por razones matrimoniales obvias. Cinco días de fiesta donde los encierros, las verbenas y la procesión del santo que lleva el nombre del vencedor de moros en Covadonga, Pelayo, por las empinadas calles del pueblo, hacen que muchos de los pueblos de alrededor se dirijan a esta localidad vallisoletana. Nosotros, siguiendo inveteradas costumbres desde que esta página web entró en vigor cogimos cámara, sombrero y bagajes y nos presentamos en la cuesta de la rúa junto a la iglesia para recoger las instantáneas de uno de los encierros programados del fin de semana. Calor achicharrante, aunque soportable en la sombra, y bien acomodados en una talanquera junto a la misma salida de donde lo hacen los toros, preparamos cámara, vista y espíritu para impregnarnos de los toros corriendo por las calles, arremetiendo a las talanqueras de hierro y citando los novillos desde lugar seguro, sabiendo que al final nos esperaba la frescura de una de las peñas de más solera de Sieteglesias, en donde una panera perfectamente arreglada, fresca y saneada nos acogió para sobrellevar la calorina de la media hora larga del encierro, con una cerveza y una raspa de jamón que nos supo a gloria. Los toros, utreros y uno cinqueño que con su coraje se mató dándose un topetazo con uno de los barrotes de las talanqueras y después de enfrentarse a otros de los novillos, causaron sensación por la calle por su trapío, presencia y bravura. Engallados, enmorrillados y con años en sus cuernos fueron un ganado que dio juego hasta que las chitas, desolladas por el rozamiento del cemento de las calles, les impedían embestir con la pujanza con que lo hicieron al poco de soltarles. Desgraciadamente el toro más grande, un cinqueño bien presentado y buen mozo, armado con buena arboladura, se mató contra una de las talanqueras y ni cortándole un pedazo de oreja a fin de que sangrara y se descongestionara, fue suficiente para que el animal se levantara, quedando muerto prácticamente en el acto en el mismo lugar en donde golpeó con fiereza la talanquera. Luego un par de vacas utreras fueron corridas junto con los dos toros que quedaron vivos y yendo y viniendo, calle arriba calle abajo, se entretuvo la mañana hasta que un cohete rasgó el aire anunciando que las puertas de la plaza quedaban cerradas y las reses recogidas en su correspondientes chiqueros. Por allí estaba Aboín, cámara en ristre filmando las incidencias del encierro, aupado en el esquinazo de una talanquera en donde le hicimos la foto que acompaña a este reportaje. No faltó Queque el de Pollos, quien con su cachavita citó al toro en más de una ocasión ni por supuesto los de la Nava y de Alaejos que entretuvieron la mañana en amor y compaña, simpatía y hospitalidad. |