EL PATRONATO EN EL TORO JUBILO DE MEDINACELI

Texto : J. Ramón Muelas García
Foto : Gerardo Abril Antón

La caravana del Patronato tomó rumbo al naciente, dejando Traspinedo a media función; algo tarde, pues el dulce regusto de los últimos tragos pedía demora y la demora descompone el orden de marcha.

Suena un móvil; los últimos vehículos aún no han llegado a Medinaceli y la noche cierra.

-          ¿Dónde estáis?.

-          Yo qué sé?...Un momento que veo un cartel... a Roma 20 Km.!.

 

Y es que el sosiego de ánima mueve a la broma.

Se chisca el GPS; no un GPS de propaganda, no; uno tan moderno que lleva cargado el “Getty Thesaurus of Geographic Names”, guía por la que todo ciudadano civilizado halla la posición de cualquier lugar del mundo. De inmediato canta las coordenadas del viejo castro y –con dos cojones- garrapatea en pantalla :  “inhabited place”; o sea páramo yermo, pueblo abandonado, lugar desolado y deshabitado. Los “sinvergüenza, ignorante...” -por no repetir palabras más fuertes- que se ganó el aparato, debieron oírse en China. Y el alud de bromas subsiguientes alegró el final del viaje.

 No era Roma, sino la vieja y erguida villa porticada con soberbio arco romano; sólo porticada; tras los latinos medios puntos se palpaban entre la oscuridad sombras negras avanzando hasta perderse por las calles hoy de fiesta, eran –éramos- los celtíberos llegando a nuestro cónclave. Roma está muerta, la Celtiberia sigue viva. El gabachuelo no distinguiría nada, pero el fiel sí observará que las estrellas brillan con más ganas, como sí supieran qué noche es la de hoy; son los arcos de bombillas milenarias, tenues, sutiles, representadas en Valonsadero con cuernos, la luz que alumbrará como es  debido la última ceremonia taurina del año.

Se equivocaba Getty, pues la plaza comenzaba a llenarse de vida. Olía a leña de robledal bajo el cielo de toro negro azabache; se palpaba el humo; los bares rebosaban mientras en el salón municipal, los hombres de la Asociación “Toro Jubilo” masticaban cada minuto impacientes por comenzar.

Tras los abrazos firmes, cena frugal; nunca habla el estómago cuando el combate parece inminente.

Próximo a llegar el toro, las dulzainas “Aires de Soria” tocaron magnífica Gran Entradilla; curioso : En Castilla se toca esa pieza –yunque de dulzaineros- sólo para recibir a las autoridades e imágenes sagradas, bien a las puertas de la villa, bien a las puertas del templo; venía el toro, autoridad al fin; retumbaba la Entradilla.

Salió a escena la podadera; con ella cortaría este año Eduardo la maroma; podadera utilizada para podar sarmientos y revitalizar cepas de modo que den vendimia; también para liberar toros de fuego tras ser dominados, de modo que también den vendimia. Vinos al fin, inmaterialidades en cuya descripción se pierde la lengua.

Bruñida, afilada, pesadísima en su ligereza, atenazaba a Eduardo. ¿Cuánto pesa ser el principal oficiante?. Ni Eduardo, ni nadie, podrían explicar lo que es sentir cómo en tu interior asumes responsabilidades históricas; lo frágil que te encuentras; lo decidido que estás a llegar donde sea preciso para cumplir contigo, con los que no están y con los que van a venir; los tres miedos que te atenazan y la voluntad juramentada a vencerlos .. Eduardo era la cuerda en cuyos extremos se aplicaban fuerzas terribles y opuestas; era el principal oficiante, aunque similar discurso cabía aplicar a los demás hombres; era, eran quienes debían someter a la fiera de poder a poder, sin mañas engañosas; purificarla con agua, tierra, fuego y aire para mostrar el dominio del hombre sobre la naturaleza y luego, liberarla.

No caben errores; un paso en falso y sucederá lo que no debe nombrarse; lo saben perfectamente, lo han experimentado. ¿Qué esperaba?.

Llegó el camión de Relancio con el toro en sus tripas, descargándole sin novedad y a lo lejos alguien cantaba :

madre deme usted la ropa

que me voy a la corrida,

a correr al toro bravo,

a hincarle la banderilla

 

Otro hacía cálculos para estimar el número de asistentes :

Longitud de la circunferencia que es el coso = 2 x π x R; si el radio R es de 20 metros, tiene una longitud de 125 metros; a 2 espectadores por metro; caben en cada circunferencia 250 espectadores, que por 5 circunferencias, son 1250; si añadimos los 200 del ayuntamiento y soportales y los otros 300 de los aledaños, salen 1750 a nada. 

Salió el toro súbitamente. 400 kilos de masa rabiosa rebrincando para zafarse de las dos maromas, buscar carne y espantar a las gentes.

Trabajo inútil; tras varios años de aprendizaje, el equipo de oficiantes conocía bien la técnica, reaccionaban como un solo hombre aplicando el esfuerzo uniformemente, buscando que el ángulo formado por toro, poste y brazos valiera entre 130º y 180º, para así aprovecharse del rozamiento maroma-ojal sin impedir la aproximación paulatina de la fiera hasta el poste.

Fijado, comenzaron las operaciones. Visto desde fuera, colocar la gamella fue tarea relativamente sencilla; el cáñamo envolvía con precisión, apretando lo justo; actuaban sin prisa, pese a los coletazos eléctricos y repentinos del toro que de vez en cuando sacaban a alguno de lugar, incluso le derribaban.

En talanqueras se hacía el silencio mientras todos ayudábamos con la voluntad para que el toro, permaneciendo inmóvil, no ganara a los hombres ni un milímetro; allí apretujados, hablábamos solos; uno se hablaba así mismo o a la plaza milenaria o a la nada y éramos individuos a la vez que masa compacta.

Llegó la hora de embarrar -lo que más irrita al toro-  y empezó a apalancarse sobre las manos al tiempo que oscilaba. Más esfuerzo para los oficiantes, más tensión en los atalancados, quienes invadidos por la prisa, murmuraban leves : “vamos!”, queriendo abreviar y animar.

La antorcha apareció creada por los círculos de atalancados y prendió las bolas iniciando la humareda que se extendió sobre la plaza como sudario. Anticiclón, presión alta, viento cero; el incienso de la celtiberia llenaba hasta el último resquicio.

Venía lo más difícil : atacar las bolas; es decir, golpear con la estaca las bolas ya encendidas para que el fuego las tome homogéneamente, asienten en sus soporten, duren y se mantengan.

Cansados los oficiantes, embravecido el toro, impacientes los atalancados, no cayeron los responsables de atacar las bolas en el error de precipitarse; todo lo contrario, haciendo caso omiso de las talanqueras, golpearon con precisión y fuerza, viendo donde lo hacían, guardando su tiempo hasta que las llamaradas naranjas iluminaron el ara. Hora de cortar.

Eduardo se aproximó impávido hacia el toro; la bestia envuelta en llamas, alargaba el cuello para morderle si no podía empitonarle. La vieja falcata a la altura del pecho resplandecía entre gritos de mujer contenidos y  “ya!” de hombres. No lo dudó, aguantó hasta que el toro humilló ligerísimamente; se alineó, cortó y salió volando por un segundo con el toro tras él.

Restrallaban los aplausos mientras el bicho corneaba furibundo aires, hogueras de Cuerpos Santos, talanqueras y vacíos; cortadores y toreros de fortuna se echaban al lance entre las voces – ahora animadas- de la plaza.

El toro iba, pero se le notaba por una parte su mucha escuela y por otra lo bien atacadas que estaban las bolas; resplandecían tanto, que impedían al toro medir la distancia con precisión, por eso, su codicia le hizo irse de manos un par de veces. Los cortadores fueron precaviéndose conforme asentaba, aumentando distancias en los cuarteos y olvidándose de inciertos sesgos.

Primero tomó querencia sobre talanqueras, aunque dada la uniformidad de la plaza en objetos e iluminación, no parecía agradarle ningún lugar; luego, decidió encastillarse al pie del poste. Parecía servirle de referencia, de castillo; si alguien entraba en su distancia, salía hacia él persiguiéndole sin llegar a talanqueras; luego, regresaba al poste.

 
 

Duró la ceremonia casi una hora -prueba de la buena técnica- disminuyendo su cadencia con el avanzar del tiempo hasta que apagadas las bolas, hogueras en rescoldo y éxito asegurado, explosionó la traca de cohetería que daba fin al Jubilo 2007.

Un excelente Jubilo nos dejó satisfechos a quienes hasta allí llegamos y sin embargo, la voz interior pedía más. ¿Por qué durarán tan poco las excelencias?, tal vez por eso, por ser excepciones a las que llamamos –sensu stricto- ceremonias.

Mañana volveremos a las cosas de los tiempos que corren, pero esta noche hemos regresado a los fundamentos, a lo intemporal, a la esencia del hombre sólo e integrado en su clan, en la brava naturaleza, en su sistema cardinal, en su desnudez primigenia y en su carga proyectiva.

Esa virtud es el secreto del Toro Jubilo. Confíalo a los hombres, cállalo a las bestias.

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)