MEDINACELI : COMIENZA LA CEREMONIA

Texto : J. Ramón Muelas García
Foto : Lara Téllez & Santiago Medina

Entrado octubre, se han reunido un puñado de hombres en cualquier lugar de la tan cercana como olvidada Soria; digo hombres por no añadir  la cutre coletilla “y mujeres”, cosa que se da por supuesta -más aún- en cosas de la tradición. Se han concentrado como los lobos del Moncayo cuando nieva, apareciendo cada grupo por la linde del paraje donde toca buscarse la vida para conseguir lo que no se halla más que en casa : la satisfacción inmensa que produce practicar las antiguas ceremonias reunidos en clan.

Han dado forma a la estopa cruda, fundido la pez con resina y aguarrás y amasado las tres capas del elipsoide; han espolvoreado el azufre y sin poder precisar cómo ni por qué, han corroborado otro año más que tras ejecutar tan sencillos trabajos les embarga la verdadera complacencia, la que buscamos como locos y casi nunca hallamos; eso por lo que no paramos de trabajar y dar vueltas.

En tiempos pasados tuve más afición que ahora a la antropología y etnología; o por afinar, a las parcelas de estas artes –que no ciencias- especializadas en describir, indagar  y explicar los rituales de las antiguas tradiciones. Bien porque estas artes aún sean demasiado mozas; bien porque los árboles de su florida dialéctica no dejen ver el bosque de la realidad; bien porque el territorio de lo inmaterial -como el microcosmos- no pueda ser aprehendido más que probabilísticamente aplicando el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, de modo que forzosamente se acaba dudando por qué calle vendrá el toro, la conclusión final es que un ritual puede describirse exteriormente sin ningún problema; puede intuirse (aprovecharse) cuando practicado, se obtienen de él satisfacciones; pero no puede ser “explicado” porque su principal característica es enriquecer a los practicantes y eso sólo resulta posible cuando los practicantes poseen unas coordenadas culturales que les facultan para aprovechar el efecto del ritual, aunque no dispongan de recursos capaces de explicar al resto la naturaleza y configuración de las satisfacciones obtenidas.

Sea cual fuere la realidad, manos blancas como las del segundo conde de Castilla Garcí Fernández, se han sumergido en la tibia pez al amparo de un corral del recio Medinaceli. ¿Se habrán inquietado en el castillo los huesos del sarraceno Al-mansur, viendo operar de nuevo al irreductible conde Fernández?. 1000 años no es nada y menos en los páramos sorianos.

Muchos de nuestros usos, costumbres y tradiciones ya sólo son dibujos en los museos, líneas en libros y revistas y en fin, ni siquiera recuerdo; todo lo más materia para atraer turistas, refuerzos para la autoestima del políglota analfabeto capaz de no decir nada en tres idiomas y mortal enemigo de eso mismo que va a ver al museo tras prohibirlo en la calle. Tal vez sea resultado de la batalla sorda entre lo rural y lo urbano comenzada a principio del siglo XVIII; tal vez sea consecuencia secundaria de los modos de producción actuales, en contradicción con los modos cíclicos tradicionales o tal vez sea que como vaticinan la termodinámica y el Apocalipsis, todo tiene su fin; perdemos energía potencial, ganamos entropía y caminamos, paso a paso hacia el fin que aún puede tardar milenios pero que inevitablemente llegará por “desorden”, por perder las características del sentir y comportarse que lanzaron a la especie hombre a ocupar  la corona de la tierra; por faltar a la ley natural impresa en el genoma. Llegará, sin duda, pero los signos de los tiempos se toman de otra manera cuando hay lealtad hacia el genoma, cuando los clanes fabrican bolas de fuego, montan los caballos, tensan maromas, izan lanzas o celebran; e ahí la clave: celebrar, espiritualidad, recargar, eliminar entropía, forjar grupos coherentes, negarse a la autodestrucción; curiosamente, tras lo dicho aparece casi siempre la forma negra de un toro pidiendo combate.

Las bolas están hechas. El Toro Jubilo capaz de alumbrar Castilla –la Castilla guerrera- pace nieblas de otoño. Los oficiantes de Medinaceli tienen preparado el santuario. Ponciano ha elegido estaca y los fieles nos disponemos a vendimiar los últimos y muy maduros racimos del año esperando fermentar el mejor vino, pues esos racimos son los que tiene más polifenoles.

Supongo que las dulzainas de Soria estarán tan afinadas como de costumbre y habrán llegado ya sus ecos al perdido corral soriano donde ha comenzado el acto final del año taurino 2007.

Allí estaremos para calentar ánima y alma. Llueva, nieve, granice o queme el cierzo, las bolas de Medinaceli irradian una energía más sutil que los exabruptos del tiempo. 

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)