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Entrado octubre, se han
reunido un puñado de hombres en cualquier lugar de la tan cercana como
olvidada Soria; digo hombres por no añadir la cutre coletilla “y
mujeres”, cosa que se da por supuesta -más aún- en cosas de la
tradición. Se han concentrado como los lobos del Moncayo cuando nieva,
apareciendo cada grupo por la linde del paraje donde toca buscarse la
vida para conseguir lo que no se halla más que en casa : la satisfacción
inmensa que produce practicar las antiguas ceremonias reunidos en clan.
Han dado forma a la
estopa cruda, fundido la pez con resina y aguarrás y amasado las tres
capas del elipsoide; han espolvoreado el azufre y sin poder precisar
cómo ni por qué, han corroborado otro año más que tras ejecutar tan
sencillos trabajos les embarga la verdadera complacencia, la que
buscamos como locos y casi nunca hallamos; eso por lo que no paramos de
trabajar y dar vueltas.
En tiempos pasados tuve
más afición que ahora a la antropología y etnología; o por afinar, a las
parcelas de estas artes –que no ciencias- especializadas en describir,
indagar y explicar los rituales de las antiguas tradiciones. Bien
porque estas artes aún sean demasiado mozas; bien porque los árboles de
su florida dialéctica no dejen ver el bosque de la realidad; bien porque
el territorio de lo inmaterial -como el microcosmos- no pueda ser
aprehendido más que probabilísticamente aplicando el Principio de
Incertidumbre de Heisenberg, de modo que forzosamente se acaba dudando
por qué calle vendrá el toro, la conclusión final es que un ritual puede
describirse exteriormente sin ningún problema; puede intuirse
(aprovecharse) cuando practicado, se obtienen de él satisfacciones; pero
no puede ser “explicado” porque su principal característica es
enriquecer a los practicantes y eso sólo resulta posible cuando los
practicantes poseen unas coordenadas culturales que les facultan para
aprovechar el efecto del ritual, aunque no dispongan de recursos capaces
de explicar al resto la naturaleza y configuración de las satisfacciones
obtenidas.
Sea cual fuere la
realidad, manos blancas como las del segundo conde de Castilla Garcí
Fernández, se han sumergido en la tibia pez al amparo de un corral del
recio Medinaceli. ¿Se habrán inquietado en el castillo los huesos del
sarraceno Al-mansur, viendo operar de nuevo al irreductible conde
Fernández?. 1000 años no es nada y menos en los páramos sorianos.
Muchos de nuestros
usos, costumbres y tradiciones ya sólo son dibujos en los museos, líneas
en libros y revistas y en fin, ni siquiera recuerdo; todo lo más materia
para atraer turistas, refuerzos para la autoestima del políglota
analfabeto capaz de no decir nada en tres idiomas y mortal enemigo de
eso mismo que va a ver al museo tras prohibirlo en la calle. Tal vez sea
resultado de la batalla sorda entre lo rural y lo urbano comenzada a
principio del siglo XVIII; tal vez sea consecuencia secundaria de los
modos de producción actuales, en contradicción con los modos cíclicos
tradicionales o tal vez sea que como vaticinan la termodinámica y el
Apocalipsis, todo tiene su fin; perdemos energía potencial, ganamos
entropía y caminamos, paso a paso hacia el fin que aún puede tardar
milenios pero que inevitablemente llegará por “desorden”, por perder las
características del sentir y comportarse que lanzaron a la especie
hombre a ocupar la corona de la tierra; por faltar a la ley natural
impresa en el genoma. Llegará, sin duda, pero los signos de los tiempos
se toman de otra manera cuando hay lealtad hacia el genoma, cuando los
clanes fabrican bolas de fuego, montan los caballos, tensan maromas,
izan lanzas o celebran; e ahí la clave: celebrar, espiritualidad,
recargar, eliminar entropía, forjar grupos coherentes, negarse a la
autodestrucción; curiosamente, tras lo dicho aparece casi siempre la
forma negra de un toro pidiendo combate.
Las bolas están hechas.
El Toro Jubilo capaz de alumbrar Castilla –la Castilla guerrera- pace
nieblas de otoño. Los oficiantes de Medinaceli tienen preparado el
santuario. Ponciano ha elegido estaca y los fieles nos disponemos a
vendimiar los últimos y muy maduros racimos del año esperando fermentar
el mejor vino, pues esos racimos son los que tiene más polifenoles.
Supongo que las
dulzainas de Soria estarán tan afinadas como de costumbre y habrán
llegado ya sus ecos al perdido corral soriano donde ha comenzado el acto
final del año taurino 2007.
Allí estaremos para
calentar ánima y alma. Llueva, nieve, granice o queme el cierzo, las
bolas de Medinaceli irradian una energía más sutil que los exabruptos
del tiempo.
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