EL PATRONATO EN VILLALAR DE LOS COMUNEROS

Texto: J. López Garañeda

Ir al encierro de Villalar de un tiempo a esta parte es como acercarse a ver una carrera de sombras y silencios porque ni los aficionados corren debido a la calorina de la época ni hay demasiadas ganas para echar animales con algo más de trapío, enjundia y través, ni por supuesto se reparte la emoción por las calles, puesto que el torillo y las vacas ya han sido corridas y requetecorridas en la plaza portátil levantada en un explanada municipal, vecina de la calle Curato.

Villalar en más de una ocasión ha dado muestras, sobre todo cuando los toros se corrían en la plaza del rollo o del monolito como gusta ahora de decir a políticos y entendidos, de echar algo más que gatos para entretenimiento y solaz de la afición.

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Y digo esto porque la anécdota surgió en el encierro- a cualquier cosa lo llaman encierro últimamente- cuando un gato, un felino entrepelao, grisáceo y aguerrido corrió por la calle marcando la pauta a los animales bravos que iban a pasar acto seguido por el mismo sitio. Se ve que el bicho andaba a la caza de topillos por las afueras del pueblo y, al regresar, se encontró con las alharacas de las idas y venidas de vacas y un novillo colorado que corría a espasmos y violencias, escociéndole las pezuñas en el asfalto resbaladizo del lugar, lo que produjo que hiciera fú y desapareciera como un rayo bajo el talanquín de un remolque. La máquina de fotos, casi siempre preparada para menesteres extraños nos regaló con la instantánea, mientras me atalancaba para recoger muestra gráfica y dársela bonitamente a los seguidores de nuestra web.

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Villalar, un pueblo que celebra las fiestas de San Roque y Nuestra Señora en paz y concordia, aunque con pocos cánticos y muestras de jolgorio participativo, apesadumbrado por la horrible peste de topillos que asola sus campos con determinada ansia, muestra sus calles engalanadas con guirnaldas y banderitas de colorines que le borran la imagen de tristón que da. En esta ocasión, a la sombra augusta del campanario de su Iglesia, reconvertida en casa de cultura, y de la torre del reloj en la que Aquiles, el que fuera alguacil muchos años, tañía y tañía anunciando la suelta de los toros, estuvimos presenciando este encierro y participando desde una talanquera en la que se cebó el novillo, golpeándola reiteradamente, posó como quien dice para nosotros y nos hizo pasar un instante muy fugaz de cierta emoción.

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PICA SOBRE LAS FOTOGRAFÍAS

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La pena fue que, pese a dar una vuelta por el pueblo, no encontré a mi amigo Félix Calvo Casasola, el que fuera alcalde de la localidad más de cincuenta años y que tiene dedicada con su nombre una de sus calles del pueblo con buen criterio de sus vecinos. A Félix siempre le saludaba el día de San Roque cuando nos acercábamos a correr aquellos encierros de antaño y que siempre tenía para nosotros una palabra amable y un vaso de limonada. Él siempre me decía: "Una fiesta sin toros, es una fiesta totalmente muerta". Y tenía razón. No hay mejor cosa para matarla que suprimir los toros de los pueblos y echar a la calle los animales que ya han sido lidiados en cortes, capeas y probadillas.

En fin, esta vez me vine para Tordesillas sin poder verle y cumplimentarle como otro cualquier forastero, con los orines en la barriga y la decepción en el cuerpo, cuando llegaba el camión con los caballos del rejoneador que debuta esta tarde en un espectáculo programado por el nuevo ayuntamiento.

En resumen, ni chicha ni limoná como quien dice.

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)