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Texto y fotos: Jesús López Garañeda
Edición: Luis Miguel Rodríguez
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Llegar al escarpe de Roa una tarde de agosto para ver toros y contemplar desde su mirador la vega recordando las catástrofes padecidas por esta Villa en siglos pasados, así como el saqueo terrible de las tropas francesas aquel fatídico 15 de abril de 1813 destruyendo el castillo y la ejecución de su héroe- y nuestro- unos años después allá por el 20 de agosto, Juan Martín el Empecinado, hijo de labradores acomodados de Castrillo de Duero cuya juventud se deslizó por Roa y su Comarca y cuya estatua está erigida justamente en el parquecillo a corta distancia de la puerta grande de su coqueta plaza de toros, produce la satisfacción y el encuentro del ayer y del hoy de esta Villa. Los miembros del patronato, dados en estos días a recorrer pueblos y ciudades a fin de contar y cantar los momentos cuando se corren toros por calles y plazas, también estuvieron en Roa aunque esta vez para presenciar la corrida de toros en la que nuestro amigo y torneante, el maestro José Ignacio Ramos se las medía con dos ejemplares de la ganadería Navalrosal, completando la terna y paseíllo Antonio Ferreras y Eduardo Gallo. Los tres espadas salieron merecidamente a hombros del coso de Roa en una tarde espléndida con extraordinaria animación en los tendidos, sol sin apreturas y sombra sin mucha frescura, donde las peñas cantaron y aplaudieron, animaron y premiaron la labor de toreros y ganadero por el juego desarrollado de sus reses. La tierra del Empecinado es una tierra fértil, animosa y entendida, amante de sus tradiciones y entregada al espectáculo de los toros como no podía ser menos. Los encierros en un largo recorrido desde el pradillo, abajo del pueblo, hasta los corrales de la plaza nos dicen que han estado muy bien. Comprobamos el atalancado, singular, recio, seguro y con criterio. La afición a flor de piel. Y por descontado que este pueblo, sede del Consejo Regulador del vino de la Ribera, aunque cuente con dos millares y medio de almas es capaz de dar una feria entretenida y amplia consistente en dos corridas de toros, una de rejones y una novillada picada. Muchos amigos por los tendidos y por el callejón de la plaza: Mariano Jiménez, apoderado de José Ignacio; Goyo y los de Vitoria seguidores de "Tatín el vitoriano"; el propietario de la ganadería Navalrosal quien destaca orgulloso el comportamiento de sus toros; Raúl Manrique, empresario de las carnes de toro, hermano de Jorge; Pepe, apoderado de Chacón y su amigo el cirujano Luis Calderón con quien compartimos charla y opiniones... En fin, un nutrido grupo de amigos que viven el mundo del toro con la afición más grande que puede caber en un deseo. La corrida en sí está bien reseñada en las crónicas. Sin embargo, nosotros queremos integrar en nuestro relato los momentos más emocionantes, suspiros y anhelos, sudor e ilusiones por una profesión muy difícil, extremadamente arriesgada y donde el valor es la virtud más preciada. Aunque los dos toros más broncos y complicados del encierro le tocaron a Ramos, éste con la experiencia de los años y teniendo, como él mismo dice, los huevos partidos, por la dureza de las reses que siempre le toca lidiar, (venía de fajarse con una de Adolfo en Cenicientos de dureza y dificultad el día anterior) supo hacer dos faenas muy aplaudidas por el personal, rematadas con sendas estocadas que tumbaron a sus enemigos. La primera, un volapié marcando los tiempos, de antología, por lo que no me extraña que gran parte de la oreja pedida por el público con insistencia, fuera ganada a ley por esta suerte. Y la segunda otra que tal, aunque en el preciso momento del contacto, el toro se moviese un instante lo que desdibujó la misma, privándole de cortar las dos orejas tras su meritoria faena. Antonio Ferreras, valiente y con una preparación física envidiable, saltando la barrera con solvencia y rapidez digna de un gacela, también recibió el premio de una oreja en cada ejemplar. Cerró la tarde una bellísima y entregada faena de Eduardo Gallo, quien había recibido silencio en su primero por un deslucido espadazo que hizo guardia al toro. Gallo se mostró confiado tras ver cómo embestía el animal al capote de su subalterno y quitándose reparos y miedos se decidió a torear con galanura, como él sabe. Dos orejas merecidas premiaron su faena. Al final los tres salieron a hombros de la plaza entre aplausos y felicitaciones cuando la tarde daba paso a la noche y el sol se había ido ya al otro lado del mundo por entre la paramera de Roa, mientras el Empecinado recibe el ramo de flores fresco por su gesta y su vida. |