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Texto: Jesús López Garañeda
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Encaramado en una talanquera, adoptando la posición más idónea para poder retratar el paso de los toros, nos situamos el día de la Asunción de Nuestra Señora, tal y como ya tradicionalmente hacemos los miembros del Patronato, en la localidad de Pollos tan cercana a Tordesillas. Esta vez no pude ver y saludar a los viejos amigos que, año tras año, compartimos un rato de holganza, diversión y toros por las calles, unos porque estaban fuera de onda, otros porque se fueron de vacaciones y otro especialmente, el bueno de Manolo, que nos dejó para siempre y que gustaba de hacer equilibrios para ver a su sabor las carreras de mozos y cornúpetas. En la esquina, a la sombra del edificio que cobija parte de la talanquera metálica, cómoda y fácil de escalar, estaba Queque "chanfaina" quien me invita a acudir a su casa, una vez terminado el encierro a compartir una raja de su rico embutido, un vaso de limonada y sosegarme de los calores agosteños en su fresquísimo zaguán. No puedo esta vez cumplir con su invitación pero le dejé prometido que al día siguiente, cuando los polleros dejen de bailar a San Roque, acudiré a la amable convidada. Transcurren los minutos con una extraordinaria temperatura y poco a poco se van poblando las talanqueras y componiéndose las filas de mirones, seguidores del encierro del día de la Asunción. Parece que en esta ocasión, tal vez por ser Corporación y Ayuntamiento nuevo y que ya mi amigo Bene no ejerce de alcalde de la localidad que se mira en la Bazanca junto al Duero, ensoñando atardeceres y mostrando orgullosa su formidable torre campanario, sino que gente nueva forma parte de la llevanza del gobierno municipal, los toros elegidos no tienen el trapío, la acometividad, fiereza y presencia que Pollos echaba por sus calles en las fiestas patronales de la Asunción y San Roque. Dos novillos más bien escuálidos, descombarcados, escurridos y con los pitones hechos cisco bajaron y subieron por la calle del encierro sin hacer demasiado caso a cites, llamadas y recortes. De siempre Pollos metía unos toros que causaban sensación, pero ahora con tantas trabas administrativas, tantos seguros, tanta firma de unos y otros, tantos requisitos están llevando a los pueblos al ahorcamiento de sus fiestas populares de toros. No se protege esta formidable llamada de gentes que acuden en masa a presenciar un encierro por las calles de cualquier pueblo con motivo de sus fiestas patronales. Ya nos gustaría poder ver de nuevo en los recorridos urbanos ejemplares similares a los que se lidiaban en la vieja plaza mayor de palos, empalizadas y tablaos de madera de otros tiempos y otras aficiones, cuando desde la carretera de Castronuño bajaban y subían los toros de José Luis Mayoral, el ganadero de Bóveda de Toro. Algún lance esporádico sí que pudimos ver a la puerta del que fuera local de Senén como los cortes protagonizados a cuerpo gentil con una camiseta por uno de los muchachos que estaban en el recorrido. En fin, al mediodía se encerraron en toriles las reses y cada mochuelo a su olivo. La fiesta de Pollos sigue y tanto la veterana Peña Castilla como el resto de agrupaciones locales se divierten en sus limonadas, en sus bodegas o cuartos y comparten vino y tajadas debajo de los tendidos de la plaza de toros de fábrica, rememorando hechos pasados de celebraciones, bailes, toros y carreras con la hospitalidad de siempre. Por ellos yo también grito: ¡viva San Roque!. Así que mañana será otro día.
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