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Texto: Jesús López Garañeda
Edición: Luis Miguel Rodríguez
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A la vera de la Iglesia de San Boal, a tiro de piedra de la de Santa María, dos templos magníficos del mudéjar castellano, nos acogió Pozaldez con la siempre disposición y hospitalidad de Alfonso Hernández Ruiz, teniente de alcalde recientemente elegido como nuevo presidente de la Mancomunidad Tierras de Medina por mayoría absoluta, con un total de 32 votos y representando a los pueblos de la zona, la mañana del último domingo de julio cuando la canícula hacía ofrecimientos y rompía estructuras entre los vecinos del popular pueblo castellano, cuna de Luisito, el juglar moderno tristemente desaparecido. Pero el día estaba para ver el encierro de toros y compartir un vaso de limonada o cerveza o agua o lo que se terciara toda vez que la calorina casi hacía ya mella en nuestras cabezas. Para esta ocasión estaban los toros de Tito el de Cantalapiedra, denominados de Hermanos Zelador Zurdo por quien preguntamos para saludarle, pero que por circunstancias no estaba presente, sino que era uno de sus hijos quien dirigía la carga y descarga de animales desde un preparadísimo camión trailer, de extraordinarias proporciones y adecuado perfectamente para la ocasión junto a los toriles de la plaza portátil en cuyo centro geométrico figura una tiesa farola con tantos brazos como un pulpo. En la calle de Pérez Cantalapiedra que es donde empieza el encierro nos dio cobijo Julio, el jubilado de la RENFE, natural de Pozaldez y avecindado en una de sus casas, cabe las mismas talanqueras que impiden al ganado salir de estampida al campo libre. Él con su gorrilla roja y su cachavita en mano citaba a los toros con extraordinaria afición, desde la puerta de su casa, en donde yo mismo tuve que meterme cuando la manada dio la última vuelta por el recorrido para disparar una de las fotografías del reportaje. Los comentarios giraban en torno a la noche del sábado cuando anunciada una verbena taurina en la plaza, algunos avispados aficionados pidieron que se soltaran toros por las calles, cuando el pueblo estaba abarrotado, como si esto fuera cosa de coser y cantar, con la creencia de años anteriores cuando se corrió un toro de fuego con trapío y presencia. Eso sí sin dar los peticionarios ni un euro, ni una aportación, ni un clavo para la organización de la fiesta. Lo que sucede es que ya la entrada de la mañana y el sofoco padecido por parte de nuestro buen amigo Alfonso, las aguas en el pueblo habían vuelto a su cauce, habiendo sido gentes forasteras las más peticionarias y gritadoras, sin orden ni concierto. Tras ver correr unas vaquillas en la plaza, amenizadas por la Charanga de Olmedo, formada por músicos componentes e integrantes de la Banda Municipal de la cercana localidad hermana, estuvimos saludando a unos amigos y tomando un vermú en casa de Santi, que sudaba tinta, la verdad que él y su familia, para dar abasto a las peticiones de cañas, vinos y refrescos del reseco personal, y que con la abultada concurrencia casi tuvimos que decir que si despachaban unas cervezas al gobernador de Valladolid, allí presente. Ipso facto, las claritas de cerveza estuvieron en la mesa acompañadas de unas ricas rabas santanderinas. Los jóvenes con sus camisetas de colores, sus limonadas o peñas, sus cuartos donde se reúnen a compartir la holganza, el jolgorio y la pitanza iban y venían calle arriba, calle abajo acompañando la música de la charanga con la alegría y la sonrisa en los labios. Pozaldez, tierra de excelentes vinos, escuela de habilidad con la que sus hombres del campo labran sus tierras de pan llevar, acogida de un bicentenario olivar y su perenne lavajo, del caño de la época de Carlos IIII, de sus dos iglesias coronadas por la majestuosa torre de San Boal, de su afamado artista local, Ladis, y de su sabroso pan; el pueblo de Luisito ha celebrado sin sobresaltos sus fiestas patronales un año más. En él estuvimos pasando la mañana de toros y amistad. |